Derechos de autor y propiedad intelectual, al descubierto

LLevaba tiempo queriendo escribir esta entrada, pero uno nunca encuentra el momento idóneo para hacerlo. Todos los días confundimos lo que son los derechos de autor con la propiedad intelectual; y es normal que caigamos en ese error bien por desconocimiento, bien por falta de interés real sobre el asunto. Voy a intentar acercaros un poco esta cuestión y presentaros las alternativas que han surgido, para que entendamos lo que hay detrás de ellas.

¿Qué son la propiedad intelectual y los derechos de autor?
Supongamos que, en su tiempo libre, Carlos ha escrito una novela sobre su viaje a Nueva Zelanda. En él, nos cuenta cómo visitó paisajes estupendos, playas salvajes y espacios naturales totalmente desconocidos para los occidentales. Carlos no ha plagiado a ningún otro autor ni ha utilizado ninguna fotografía que no fuese tomada por él mismo durante su viaje.
Por eso, podemos decir que Carlos ha creado una obra genuina, original, nueva. Y desde este momento, será reconocido por ley como su autor, porque ha sido producto de su intelecto. Ésto es la propiedad intelectual: el reconocimiento inequívoco de la autoría de una obra.
Si Carlos hace fotocopias de su libro y las envía a sus amigos para que opinen sobre si les ha gustado, sigue siendo el propietario intelectual de la novela; aunque ahora otras personas también conozcan su contenido; por lo que estas personas no pueden (por ley) decir que la obra la han escrito ellos.

Como a Carlos y Juana, su mujer, les cuesta llegar a final de mes, deciden que sería una gran idea poder vender copias del libro en todo el mundo. ¿Quién no lo va a comprar? ¡Nueva Zelanda es un país realmente atractivo!
Aquí surge un problema. Carlos no tiene impresora y además sería muy costoso hacer cientos de miles de copias del libro, que más o menos es el número de ejemplares que quiere vender. Juana conoce a un responsable de un grupo editorial. La empresa, Copia SA, se compromete a imprimir copias del libro con una portada llamativa para que resalte más en los escaparates. A cambio, Carlos renuncia a cobrar todo el dinero producido por los libros, conformándose con un porcentaje de las ventas y sin tener que preocuparse de la impresión, distribución, etc.
El resto de las ganancias (obviamente descontando los gastos de imprenta, traducción, transporte, etc.) se lo queda la empresa; y el derecho a cobrar todo ese dinero lo llama derechos de autor.

Pero ¿el autor no era Carlos? Así es. La propiedad intelectual lo reconoce. Y la propia ley reserva cualquier derecho de copia, modificación, difusión o venta a nombre de Carlos. Cualquiera de estas acciones debe estar expresamente permitida por Carlos mediante un documento firmado por él.
Sin embargo, con el contrato que ha firmado ha transferido estos derechos a la editorial para que ésta pueda copiar, difundir y vender el libro de Carlos. Por eso le llaman “derechos de autor” aunque no sean “todos los derechos del autor” ni la propiedad intelectual de la obra. Son los derechos que originalmente pertenecían al autor y que ahora han sido transferidos a la editorial y con los que ésta puede obtener un beneficio.

Este paradigma se denomina copyrigth. El copyright reserva cualquier derecho a nombre del autor, a no ser que explícitamente ceda uno o varios derechos a un tercer actor. El documento que lo acredite se llama “licencia” y es, simplemente, la declaración por la cual el autor deja constancia de la cesión de ese derecho o de varios.
Así funcionan por defecto las leyes: si no se especifica lo contrario, los derechos pertenecen al autor; y debemos solicitar una licencia para hacer algo con su obra. ¿Pero qué es lo contrario?

Otras licencias
Como contraposición al copyright, existe el copyleft. Es un agudo juego de palabras entre right y left (derecha e izquierda, en inglés) en el que left toma el significado de “permitido”. La “Copia permitida” es un paradigma bajo el que se agrupan varias licencias distintas: unas son más permisivas y otras menos. Si queremos tambien podemos redactar la nuestra si alguna de las existentes (GPL, Creative Commons, etc.) no nos satisface. Sólo tenemos que redactar un documento dónde dejemos bien claro qué permitimos y que no permitimos hacer con nuestra obra; y de qué nos hacemos o no responsables.

Licenciando obras de otra forma
Vamos a alterar la historia del libro de Carlos y Juana. Porque, tal y como piensa Carlos sobre su libro: ¿Quién lo va a comprar? Al fin y al cabo, Nueva Zelanda no parece tan interesante…
La pareja no sufre ningún apuro económico, de modo que Carlos, para ahorrarse trabajo, incluye una hoja al final de libro en la que invita a sus amigos a que hagan copias si creen que deben pasarle alguna a otra persona, ya que él no tiene intención de hacerlas; y que son libres de cobrar por esa copia si lo prefieren.

Ramón está entusiasmado con la idea de visitar Nueva Zelanda tras leer el libro y ver las fotos. De modo que hace un buen número de copias que deja en la recepción del banco en el que trabaja. A media mañana ya no queda ni un ejemplar y Ramón cuelga unas hojas en el tablón para que la gente que quiera hacer el viaje se anote.
En una situación donde imperase el copyright, Ramón estaría violando los derechos de autor que posee Carlos. Pero ya que Carlos ha cedido esos derechos a cualquiera, Ramón puede estar tranquilo. No ha infringido ninguna norma aunque haya hecho copias y se haya beneficiado de ello: ¡por fin visitará Nueva Zelanda!

El problema de los nombres
En este punto, ya se ven con claridad ciertos problemas a los que nos han traído los nombres “Propiedad intelectual” y “Derechos de autor”.
Creo que deberíamos llamarlos de otra manera. La propiedad intelectual debería ser el “Reconocimiento de autoría”, que de paso será más equitativo en cuanto al género entre autores y autoras. De hecho, la propiedad intelectual sólo es eso: el reconocimiento de que alguien es autor de algo. Ni más ni menos.
Y por otra parte, los derechos de autor estarían mejor si se llamasen “Derechos de explotación” porque son los derechos que principalmente velan por el uso de una obra cuando ésta pretende ser difundida.

Los derechos de autor en internet
El mayor logro de internet es sin duda el haber proporcionado a todos un medio de comunicación en el que la información no fluye desde un emisor hacia una audiencia (como en la prensa, radio o TV) sino que todos podemos publicar nuestras ideas y transmitirlas a una audiencia global que también expresa las suyas. Es totalmente multi-direccional.
Además, toda esa información se transmite como una sucesión de datos informáticos que uno puede almacenar, copiar y redistribuir de nuevo en la telaraña mundial. De modo que es inconcebible controlar el flujo de información. La información en internet se transmite como un virus mortal: una vez se publica una idea, ésta se propaga de forma efectiva sin controles aduaneros o censuras.
Incluso, por cómo está construido internet, ni tan siquiera se distribuye: la información se enlaza. Nadie necesita poner cientos de miles de copias en puntos de venta de todo el mundo. Basta con un enlace desde una página hacia otra para que sea accesible a todo el mundo.

De modo que los derechos de explotación de una obra pierden sentido: no necesitamos a una editorial, una discográfica o cualquier otro intermediario para que los autores difundan sus obras. Al no poder controlar quién tiene acceso a esa información, o una copia de la misma: ¿cómo vamos a cobrar por ella?
No es de extrañar entonces que muchas licencias de tipo Copyleft tengan su origen en la informática (y casi en su totalidad, en productos software). Richard Stallman es una figura clave para entender este aspecto.
En lo relativo al software: ¿porqué he de ceñirme estrictamente a un copyright sobre un programa? Si puedo tener acceso a su código fuente, puedo aportar mejoras o modificaciones que mejoren o amplíen su funcionalidad; y no quedar sólo a merced de lo que la compañía desarrolladora quiera implementar.
Y además luego podré volver a compartir esas mejoras para que otra gente las pueda también disfrutar, tal y como hacemos con recetas de cocina o remedios caseros.

En las disciplinas artísticas, la situación es diferente; aunque tienen sus soluciones.
Parece imposible controlar las descargas ilegales de música, cine, libros, etc. Pero estas industrias no pueden aplicar el modelo tradicional de negocio basado en vender un CD, un DVD o una encuadernación. Hay que cambiar el chip. Ahora la información es susceptible de ser copiada de forma masiva.
Una vez oí una buena parábola sobre cómo esto afecta al negocio tradicional:
Cuando los ordenadores se convirtieron en algo común, ningún fabricante de máquinas de escribir presionó a los gobiernos para que prohibiesen la venta de ordenadores. Sencillamente aceptaron que se habían visto superados tecnológicamente por una nueva herramienta y un nuevo negocio; así que o se adaptaban a la nueva realidad, o tendrían que echar el cierre.

Para una discográfica tradicional, la venta de soportes con contenidos con copyright ya no es el negocio que antes era. Deben adaptarse a un nuevo modelo y dejar de presionar para tener leyes a medida.
En esto otros países nos llevan mucha ventaja, pero está empezando a aparecer en España el modelo que parece funcionar mejor: Spotify, Netflix, Amazon, etc.
Cada uno de ellos abarca la venta de un material multimedia a un precio tan reducido que muchos usuarios han abandonado la descarga “ilegal” por este nuevo modelo de consumo, que además permite ver las películas con la máxima calidad directamente en el televisor; escuchar cualquier canción tanto en el PC como en el teléfono móvil o leer novelas en un tablet. Las comodidades de la disponibilidad inmediata y la experiencia de uso se compensan con unos precios acordes y competitivos. Adiós a la necesidad de un soporte cuando hoy podemos obtener todo esto vía streaming.

Con este dinero y la estadística de cuantas veces ha sido consumido un producto, se puede remunerar de forma justa a autores, productores y todo aquel que haya intervenido en la creación de la obra. También hay que considerar los ingresos derivados de la publicidad.

Por otro lado, muchos autores están empezando a licenciar sus obras de forma libre, porque así llegarán a más gente. Imponer un precio es sólo poner una traba fácilmente salvable por cualquiera y que desanimará a los potenciales clientes.

Este blog…
Si te diriges al final de esta página, verás que este blog se acoge a una licencia Creative Commons by-nc-sa 3.0 ¿Que quiere decir esto? Pues que basicamente puedes utilizar los contenidos que aquí se crean, solo sujeto a tres condiciones:
– Que menciones al autor (by)
– Que no los uses para fines comerciales (nc: non comercial)
– Que difundas tu obra de la misma forma que aquí se ha hecho (sa: share a-like)

Existen algunos detalles menores que puedes consultar en la pagina de la licencia, y cómo siempre digo, respétala: es obligación de todos el comportarnos civilizadamente y respetar cómo un autor quiere que su obra sea tratada. Al fin y al cabo, no deja de ser intelectualmente suya y de nadie más.

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