Verano del ’64

Recuerdo aquel día perfectamente:
Corria el verano de 1964. Fue un verano caluroso, el mas caluroso que se recordaba. Si, hacia un calor infernal.
El curso aun no había empezado y yo estaba ansioso porque ese año mi madre me había inscrito en la nueva escuela primaria del condado. También recuerdo lo mucho que me gustaba pasar las tardes con Molly.
Molly y yo jugábamos en la casa del árbol que mi padre me había construido, y recuerdo como me quedaba embobado mirando los tirabuzones dorados de su melena rubia.
En la radio sonaba a todas horas la voz de un hombre que cantaba muy bien, y la gente decía que era el rey del Rock&Roll. Una vez incluso vino a actuar al salón de baile de Fort Springs, pero mi madre no nos dejo ir a escucharlo cantar en directo porque según ella, su forma de bailar no era apropiada para que lo viesen unos niños.

Como era el final del verano, la señora Smith, que era la madre de Holy, preparaba unas deliciosas tortitas todas las mañanas. Los Smith vivían en la casita blanca de al lado, pero nunca me acerque a ella porque Holy era mayor que yo, fumaba y decía que podía hablar con el demonio para que fuese castigado si la molestaba cuando su novio Dan aparcaba frente a su porche. No sabía si lo decía en serio, pero nunca me atreví a probarlo.

Recuerdo perfectamente el olor de las tortitas de la señora Smith enfriando en el alfeizar de la ventana. Olían a jalea y a mermelada, pero los sábados llevaban un extra de mantequilla de cacahuete. Uno sabía que era sábado simplemente si era tan afortunado como para percibir aquel olor.
Esos días, Molly y yo mirábamos a las tortitas desde la casa del árbol como si fuesen algo extraordinario y apretábamos los puños muy fuerte deseando que a la tortita le saliesen alas y volase hacia nosotros.
Un día se me ocurrió un plan. Molly y yo fuimos a la parte de atrás del jardín e intentamos saltar la valla que separaba las dos casas. Ella entrecruzó los dedos de sus pequeñas manos y los puso sobre su rodilla derecha. Yo intenté subirme pero la noche anterior había llovido y me resbalé. Nos caímos de espaldas y nos dimos un buen golpe.
Una lagrima brotó de sus ojos y vi que se había rascado las manos hasta hacerse sangre.
Se las cogí para ver si la herida era profunda y en ese momento, Molly me miró a los ojos. Estuvo así durante dos o tres segundos y luego me abrazó muy fuerte y se echó a llorar.

En aquel momento no lo entendí. Creí que Molly lloraba porque se había hecho sangre, o porque se había manchado el vestido. No lo tenía claro pero estaba tan a gusto en sus brazos que nos quedamos allí un buen rato.
No conseguimos probar las tortitas aquel día, pero Molly y yo eramos muy buenos amigos y desde entonces ya nada nos pudo volver a separar.

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